Los Juegos Olímpicos de Rio 2016 llegaron a su fin y todos sus fanáticos estamos acongojados. Podemos, igual, quedarnos con la satisfacción que fueron unos Juegos Olímpicos maravillosos. Los mejores en 68 años.
La nostalgia de levantarse este lunes, prender la tele y no poder empaparse de esencia olímpica está, seguramente, avasallando a todo aquel enfermo de deporte que haya en la faz de la Tierra. También aseguro que son muchísimos más los "nuevos enfermos", ya que, al ser la organización de una cita olímpica cada cuatro años, permite que nuevas generaciones vayan mimetizándose de este espíritu a medida que van pasando las ediciones. Es un sentimiento que produce plenitud cuando se celebra la Ceremonia de Apertura y un vacío absoluto cuando se "festeja" la Ceremonia de Clausura.
Los seguidores del movimiento olímpico sabemos que no tenemos que esperar cuatro años para volver a vivir una cita como esta. Basta con tratar de suplantar el evento máximo del deporte mundial de verano con su "primo" de invierno (a celebrarse en 2018), su "pariente lejano" panamericano (tendrá lugar en 2019) o hasta nos podemos dar el lujo de recibir a su "nieto olímpico" durante los Juegos de la Juventud en nuestra capital dentro de casi dos años. Podemos desviar el foco de atención a estos eventos, siempre respetando la jerarquía que el futuro Tokio 2020 estará por encima de todos y sabiendo que PyeongChang 2018, Buenos Aires 2018 y Lima 2019 serán solo bienintencionadas excusas.
Rio 2016 dejó un saldo bellísimo, comparable con otros Juegos contemporáneos pero con el tenor de ser los que mejor resultado le dejaron a la legión argentina en los últimos 68 años. Para los "criticones" servirá de mechero el hecho de que se ganaron la misma cantidad de medallas que hace cuatro años, cuando los periodistas criticamos con razón y un poco de desmesura el flojo desempeño olímpico, culpando si se quiere a los dirigentes más que a los atletas (soy partidario de que estos últimos nunca tienen la culpa al cien por ciento de sus malos resultados). Lo cierto es que no solo se completó un Juego Olímpico lleno de argentinos en las tribunas como nunca había pasado antes, sino que esa idéntica cosecha de metales de Londres 2012 (cuatro) fueron las mejores en más de medio siglo. El 75 por ciento de las preseas conseguidas por nuestra delegación fueron de oro, algo que jamás había sucedido antes. También podemos alegar que fueron únicos los Juegos de Rio porque por única vez en la historia, el himno argentino sonó en un podio el primer día de competencia (gracias a la enorme Paula Pareto).
Quién no se fanatizó con el tenis después de la primera jornada? Me animo a decir que todos. Todos los argentinos creíamos sinceramente que habíamos vuelto atrás. Habíamos viajado en el tiempo. Creíamos que estabamos de nuevo en 2011, cuando Juan Martín del Potro se podía regocijar semana tras semana luego de ganarle a un Top 10 y sabiendo de que eso era algo altamente probable. Lo cierto es que la actualidad del tenis argentino (por lo menos lo que intuíamos antes de los JJOO) era pobre y no levantaba muchas esperanzas, sobre todo luego de ver el sorteo de Rio. Del Potro vs Djokovic; Delbonis vs Nadal; Pella vs Kohlschreiber; Mónaco vs Basic (si pasaba, tocaba Murray). El panorama era atroz. Solo podíamos esperar algo de las parejas de dobles. Pero esa desesperanza y falta de optimismo generalizado se dio vuelta luego de aquel 7-6, 7-6 del tandilense ante el número uno del mundo. Ahí empezamos a creer. Y ese convencimiento de que lo de Londres era posible fue más fuerte que la misma realidad. Del Potro no igualó su registro de hacía cuatro años antes (cuando era uno de los mejores jugadores del mundo) sino que lo superó, ganando la medalla de plata. Y todo tras superar a Djokovic y Nadal, además de haber luchado palmo a palmo con Andy Murray. Todos gritamos "Y pegue, Delpo, pegue". Nadie recordó las despiadadas operaciones de muñeca. Volvió el Delpo que pega y sonrie.
Si te acercabas a la calle Florida, una tarde previa a los Juegos y preguntabas "¿Quién crees que puede traer una medalla de oro?" a cualquier persona que pasara, posiblemente la respuesta hubiera sido "Las Leonas". Algunos (como yo) podrían haber depositado una confianza injustificada al seleccionado de futbol, pero ni uno ni otro pudieron demostrar buen juego y se volvieron rápido y, solo el seleccionado femenino de hockey, con un diploma olímpico. Nadie te hubiese respondido "Los Leones", sin embargo, fueron el equipo argentino más sólido durante todo el torneo. Fueron a buscar el diploma, lo consiguieron. La medalla, lo consiguieron. El oro. Y lo consiguieron. Posiblemente estemos frente a un equipo inigualable dentro del universo del hockey masculino en nuestro país y dotado por un cuerpo técnico de la máxima cálidad, liderado por el gran Carlos Retegui. Los Leones, esa selección que, a la hora de los favoritos no superaba al voley masculino, a Ginóbili y sus amigos y ni siquiera al deplorable equipo de fútbol, callaron bocas, trabajaron como nadie, se sacrificaron y trajeron la última medalla de la delegación a nuestro país. Y encima, de oro. Nada más que pedir.
Cuarenta y tres años. En la vida de un deportista es sinónimo de retiro. Y si no, si todavía se tiene nafta en el tanque, nadie diría que ese deportista se pudiera clasificar a un Juego Olímpico. Y si clasificara con 43 años a uno, nadie pondría las manos en el fuego por él, apostando que ganaría una medalla. Y si ganara una medalla, nadie apostaría que ganaría la de oro. ¿Y qué pasaría con esa gente si el "anciano" de 43 años ganara la medalla de oro, aun así compitiendo con atletas 20 años más joven? Esta peripecia la vivimos hace ocho años, cuando el precioso título de Juan Curuchet y Walter Perez en la prueba Madison de ciclismo tomó forma y confirmó el primero de los dos títulos olímpicos en Beijing 2008 (el otro, el equipo de fútbol). Con 43 años, Curuchet había dado claras muestras de que la vejez, si viene con sacrificio y entrega, es más fuerte que cualquier juventud. Y qué podría decir Santiago Lange al respecto. Seguro avalaría mi teoría. Superó por más de una década el registro del ciclista marplatense y con 54 años y un pulmón menos a causa de la recuperación de un cáncer alojado en aquel órgano, se convirtió en el campeón olímpico argentino más significativo de la historia.
En fin, los Juegos de Rio serán los Juegos del recuerdo de que Argentina copó las tribunas, festejó títulos impensados y vibró al son del espíritu olímpico.No importa que nuestro país esté sumido en una crisis de infraestructura en materia deportiva o no, sufra una crisis económica o no. El hecho de que siempre estaremos condenados a no ganar más de seis medallas olímpicas por edición, no tiene que servir de melancolía, nos tiene que ayudar a reconocer que es el lugar que ocupamos orgullosamente dentro del olimpismo y además, nos permite ilusionarnos con romper tal maleficio. No podemos, igual, dejar de reconocer el esfuerzo y el trabajo de aquellos que se ganan el derecho a estar ahí: los atletas. Si no fuese por su dedicación, Argentina se volvería siempre como en Montreal 1976 o Los Ángeles 1984: sin ningún metal colgado.
¿Nos vemos en Tokio 2020? Para nada. A prepararse que Rio 2016 no terminó. El 7 de septiembre estaremos de vuelta con los Juegos Paralímpicos.
Franco López Larrañaga




