Como casi todo en la vida, la carrera de un deportista puede sufrir altibajos. De hecho, es algo casi inevitable.
En la vida, el ser humano debe
afrontar situaciones que no disfruta por el solo hecho de tener que superar la
adversidad. Pero, al atravesar estos obstáculos, la idea de que después de una
mala, vienen dos buenas, se adentra en el inconsciente colectivo para preparar
al cuerpo y a la mente para el inicio de una fase denominada “disfrute”.
“Las cosas que más disfrutamos son las que menos tiempo
duran”, diría algún familiar sabio en una reunión familiar un domingo por la
noche cuando se espera la tan ansiada cena. Y analizándola podríamos concordar.
Si nos ponemos a hilar fino descubrimos, por ejemplo, que los Juegos Olímpicos son
una competencia extraordinaria que se desarrolla cada cuatro años, implica
millones de dólares de inversión, moviliza turistas y fanáticos del deporte por
todo el mundo y, sin embargo, dura solo diecisiete días. Y cuando la
competencia termina, la melancolía nos invade al mismo tiempo que comienza a
aflorar la lógica de que para volver a disfrutar va a haber que esperar otros
cuatro eternos años más.
Para un deportista, el Juego Olímpico es el sueño de la
gloria activa de su carrera. Es plasmar todo el esfuerzo de una vida en minutos
o incluso segundos de competencia. Para atletas jóvenes, que no tuvieron la
fortuna de participar de los actuales Juegos Olímpicos de la Juventud, es algo
para lo que uno no se prepara pero que, paradójicamente, debe estar preparado. Para los atletas que sufren el inevitable
declive deportivo y que se van alejando lentamente de su época de gloria, el
Juego Olímpico es eso que podría despertar al gigante dormido. Todos sueñan. Y
los Juegos son eso: sueños.
Y el sueño también de todos aquellos que, debido a la
injusta impopularidad de los deportes que practican en su país, deben darlo
todo para que, aunque sea por un segundo, su pueblo lo aclame y lo venere por
estar representando a su nación.
Y el sueño, cuando es tan fuerte, se convierte en realidad.
En una imposible realidad. Como la de Nicolás Córdoba, el gimnasta argentino
que, tras darlo todo en un Campeonato Preolímpico, no logró clasificar a la
justa olímpica pero, como se recibió de un gran soñador, tiene un lugar asegurado
en Río 2016.
Habiendo quedado en primer lugar entre los suplentes de este
Juego Olímpico, Córdoba se benefició del abandono de un colega portugués,
Gustavo Simoes, quien sufrió la fractura de su pie izquierdo y tuvo que
desistir de su participación en Río de Janeiro. Esta eventualidad determina que
aquel que sueña en grande, cumple sus objetivos a lo grande.
Nicolás Córdoba aspira a lo que Federico Molinari logró en
Londres 2012, una final olímpica. Será difícil, pero si soñando llegó hasta
esta instancia, ¿qué le impedirá seguir avanzando? ¿Qué le impedirá seguir
soñando?
Franco López Larrañaga

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